La Isla sedante

Hace pocos días me conecté a la red social Facebook y vi que uno de mis contactos tenía puesto como mensaje de estado ‘Menorca, la Isla sedante’. Me interesé por las razones que le condujeron afirmar eso. Aunque, en efecto, Menorca tiene ese efecto en las personas que vienen de fuera. Al preguntarle me contestó porque es tranquila y sin ruidos. Un lugar donde la gente parece no tener prisa, cuyas zonas verdes y aire puro invitan a la relajación.

Entrada del puerto de Ciutadella

El silencio es uno de los mayores activos de la Isla. Y El tiempo. Dos variables que, como en pocos sitios, cuestan dinero. Y los menorquines nos cuidamos mucho de que continúe así.

Mi contacto en concreto es de San Sebastián, una ciudad que tampoco se distingue por ser una ciudad ruidosa. Pero en el tiempo que lleva en Menorca ha dormido como un bebé.

En cuanto conseguí levantarle de la cama -una ya es inmune al silencio- me lo llevé a Monte Toro, uno de los lugares de paso obligado en Menorca. Hacía un poco de frío, el día estaba muy nublado y comenzaba a llover. En lo alto del monte sólo se escuchaban los cencerros y los balidos de las ovejas que pastaban en una finca a varios kilómetros de Es Mercadal. “Parece una maqueta”, le dije. “Y desde aquí arriba se puede comprobar que la mayor parte es virgen” comentó, sin dejar de mirar la bahía de Fornells.

Después de almorzar en Ca’n Aguedet y colmar un día muy menorquín, le pregunté qué es lo que más le gusta de Menorca. “La tranquilidad, el silencio y el color verde. Aquí la Isla se impone a las personas, no al revés”, me dijo.

Y es verdad. Menorca es uno de los pocos paraísos donde la naturaleza convive en armonía con sus pobladores. Por eso, quizás, tiene un efecto sedante. Un paréntesis verde, silencioso y tranquilo dentro de un estilo de vida demasiado rápido para detenerte y apreciar los detalles.

Cosas que nunca haré

Mi amiga Inma me comentó que no le gusta visitar las ciudades en plan turístico, sino que prefiere hacerlo con el pretexto de vivir alguna experiencia. Es decir, no le gusta llegar a una ciudad desconocida y perderse por le casco antiguo o explorar los puntos que le dicen que son más atractivos.

Un curso de Ayurveda en India, trabajar un verano en Menorca o coger su magnífica furgo e irse a Los Caños en su día de descanso.
Inma viaja así, un turismo de experiencia. Visitar una o varias ciudades por algo, para algo. A mí también me gusta.

Pero sobre todo me hubiera encantado acompañar a Lina Quesada, autora de estas fotos y primera montañista andaluza que ha conseguido llegar a la cima del Everest.
La conocí en una rueda de prensa, en la que nos explicó los pormenores del ascenso a la montaña más alta del mundo. Mi primer contacto con ella fue en la sala de conferencias, cuando le pregunté si era de Prensa. No sé por qué razón, me dijo que sí y me dio un cd con las fotos del viaje. Impresionantes fotos que hace tiempo quiero compartir con vosotros. Seguro que Lina vio en algunos momentos la cima, desde lo lejos, y le pareció una odisea.

En mi opinión, el ascenso a esta montaña es una alegoría de la vida. En el transcurso del camino, encontró muchos obstáculos. Incluso hubo momentos en los que tuvo que volver atrás. Pero eso no era un problema para ella: ya conocía el camino. En otros momentos, unos militares armados le impidieron continuar el ascenso. Pero Lina no se detuvo. Tuvo paciencia, esperó. Continuó con su viaje.
Como era de esperar, no pudo reprimir la emoción al describirnos cómo fue la llegada a la cima. También nos aseguró que el peor momento del viaje fue el descenso.
La montañista sevillana me pareció una mujer muy humilde, muy serena, muy tranquila. Quizás sea por verse a uno mismo en la inmensidad de la naturaleza. Una hormigita en el Universo.

De panderetas y palillos

Hace poco, mi querida amiga Puella Gaditana publicó un post sobre la imagen internacional de España, ‘injustamente extrapolada desde Andalucía’. No pude evitar colaborar con una extensa opinión, tras tres años viviendo en Sevilla.

No obstante, aunque sí algunos visitantes tengan la impresión de viajar al ‘país de las panderetas y las castañuelas’, tengo elementos de juicio suficientes para afirmar que son cada vez menos los que viajan con esas expectativas. Tras mis viajes a varios países de Europa, no recuerdo a nadie que me dijera ‘Me encanta España’, o ‘España, olé’ y topicazos de esa índole que te empujan a contestar con una silenciosa sonrisa forzada.

Hace cosa de seis años, viajé a Milán para representar a Menorca en una feria internacional de Turismo, ‘L’Espagna a Milano’. Dicha feria consistía en mostrar al público milanés, durante un mes más o menos, lo mejor de cada una de las comunidades que participaban. No sé cómo lo harían las demás, pero nosotros, los baleares, mostramos lo mejor de cada una de las cuatro islas. Y ni pizca de flamenco, ni panderetas, ni paella y muchísimo menos, toros. Porque no es nuestro. Sí es verdad que en Menorca se organizan espectáculos de flamenco, en hoteles y locales apartados de los cascos urbanos, pero en plan cutre y para guiris que viajan cual manada, que no salen del hotel y andan todo el día detrás de la rep, normalmente una niña o niño sin la más mínima formación turística, capaz de soltar sin inmutarse que ‘el catalán es un dialecto del castellano, pero no se lo digáis, que se enfadan’. Desde luego, lo que me extrañaría de esta gente es que diferenciaran lo que es España de Francia, sinceramente. Pero no se puede luchar contra los elementos.

No me cabe la menor duda de que esta imagen rancia y equivocada de lo que es España viene dada por los grande Touroperadores que no tienen ni el más mínimo interés en utilizar el turismo como vehículo transmisor de cultura, capaz de abrir mentes y corazones, de motivar el vuelo de la imaginación, de empatizar con otros pueblos. Esos mayoristas emisores que anteponen la cuenta de resultados a innovar la calidad, la efectividad de la imagen del producto y, sobre todo, actualizar la realidad de lo que es España hoy en día. Estas agencias no piensan en fragmentar el producto, en especializarse hacia un segmento del mercado. Y luego claro, pasa lo que pasa, vienen a la recepción preguntando en qué isla están, esperando la fiesta de Eivissa y contratando ‘excursiones’ en el ya cansino glass bottom boat. Plato de paella, vaso de sangría y hala, ya han estado en España, qué bonita España, qué jaleo España.

Por mi parte siempre he puesto, y pondré, mi granito de arena en cuanto a imagen internacional de este país. Y ojo, me encanta el flamenco, pero el flamenco de Andalucía, en un teatro; o en un bar, porque unos espontáneos han agarrado una guitarra y una caja y se han puesto a sonorizar la noche. O ver a un grupo de personas en la Plaza del Altozano bailando y cantando una rumba alrededor de unos recién casados.

Barcelona

Barcelona es una de las ciudades candidatas para ser mi próximo hogar. Ya estuve viviendo allí, hace seis años. Las circunstancias personales eran muy distintas en ese momento; las profesionales, muy parecidas. Pero 6 años después.
Llegué a Barcelona con una diplomatura recién salida del horno y dispuesta a encontrar un buen trabajo. Costó un poco, pero al cabo de un mes ya estaba trabajando. Al principio parecía todo muy bonito, grandes promesas de ganar mucho dinero. De hecho, así fue, pero al darme cuenta de que estaba cobrando por engañar a la gente, dejé el puesto. La empresa insistió en que me quedara, así que me desplazaron de departamento, donde mi sueldo se redujo a más de la mitad. Al cabo de varios meses, tras pedir un aumento y denegármelo, tuve que volver a la isla.
Hoy en día, si me decido, llegaré a Barcelona con una licenciatura recién salida del horno y dispuesta a encontrar un buen trabajo. Una profesión -o mejor un oficio- en el que abundan las ofertas para becarios, aunque ya estén licenciados y hayan hecho prácticas.

En Barcelona no puedo vivir sola porque es demasiado caro. Tengo serias dudas sobre si podré o no trabajar en mi profesión. No me gustaría tener que dedicarme a otra cosa. Sé que ganaría más dinero dedicándome a dar llaves y a gestionar check ins y check outs, pese a eso prefiero mi oficio. También me parece una ciudad demasiado grande e impersonal. Además, ahora no tienen agua.

Pero por otra parte, está muy cerca de mi isla. La cultura es muy parecida a la mía, su idioma es mi segunda lengua y es una ciudad costera. Dicen que, también, es una tierra de oportunidades, donde podré encontrar rápidamente un trabajo con un sueldo digno, al menos, para vivir con lo básico, pues tengo presente que estoy empezando en esto. Además, no estaré sola. Allá tengo amigos y amigas que me conocen de hace tiempo.

Indecisión.

Tengo una pulsión anónima que me dice que no vaya. Pero después de Madrid, Barcelona es una de las mejores opciones para satisfacer mis ambiciones profesionales. Es algo que me preocupa, pues supone empezar de nuevo, desde cero, otra vez. Intento pensar, a veces, que si voy a Barcelona y me ocurre algo parecido a lo que me pasó hace 6 años, que no pasa nada. Que no es grave. Que no tiene por qué volver a ocurrir, que ahora es distinto.

Pero me provoca una terrible inseguridad el hecho de ser nueva otra vez en algo. Me aterroriza que algo salga mal y tenga que volver con el rabo entre las patas. Que todo el trabajo que me ha costado licenciarme no haya servido para nada, que me me haya equivocado, no estar a la altura y un sinfín de pensamientos negativos que me bloquean en este nuevo ciclo que se avecina.

Tengo otras candidatas a ser mi nuevo hogar después del verano. Ya iré proponiendo pros y contras.

Un saludo.