Por una biblioteca más accesible

Flickr / Dokusha.sanEl diario Última Hora Menorca publicó el pasado 8 de enero una carta al director escrita por unos estudiantes de la Isla que pedían a la biblioteca municipal de Ciutadella ampliar su horario de apertura para poder estudiar. Al día siguiente, la directora de la biblioteca respondió a los estudiantes por la misma vía. Explicó que la biblioteca de Ponent es de carácter municipal y no universitario, razón por la cual no amplía su horario en época de exámenes. No obstante aclaró estar abierta a las peticiones de los usuarios para mejorar el servicio que presta a los ciudadanos.

En Menorca, existen muchos estudiantes -sobre todo de edad adulta- que cursan sus estudios a través de dos universidades de educación a distancia: UNED y UOC. Apenas tienen recursos para poder estudiar tranquilos en un espacio habilitado, excepto la biblioteca municipal. En épocas festivas es muy difícil, por no decir imposible, encontrar un lugar para poder concentrarse, pues todos los hogares se llenan de visitas y jaleo. Y las bibliotecas de carácter municipal cierran, porque es no es laborable.

Estas personas pertenecen a un sector de la población bastante amplio en Menorca y debería tenerse en cuenta. Las administraciones podrían habilitar un espacio de estudio adecuado para los residentes que, pese a la insularidad, deciden ampliar su formación. Y es que la oferta formativa universitaria y presencial de la Isla  se puede contar con los dedos de una sola mano.

Sería muy positivo que dieran un primer paso y que la biblioteca de Ciutadella abriera sus puertas, por lo menos,  los sábados. Seguro que hay mucha gente en el municipio que no puede acercarse entre semana por cuestiones laborales. De hecho, esta mañana he pasado por delante de la Casa de Cultura y he observado que la biblioteca infantil abre un ratito el fin de semana. Sería muy interesante y gratificante que la Biblioteca Municipal de Ciutadella abriera sus puertas los sábados, aunque sólo sean tres horitas por la mañana. La afluencia de lectores, ávidos de nuevos títulos, está asegurada.

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Desahogo antes de acostarme

Acabo de leer el libro del El niño con el pijama de rayas y no puedo sentir otra cosa que una tristeza profunda y una enérgica indignación y vergüenza de habitar en el mundo en el que habito. Me duelen las mandíbulas de apretar los dientes, mientras apuraba las últimas páginas del libro, del cual me he leído las tres cuartas partes en un par de horas.
No puedo hacer otra cosa que llorar. Llorar indignada por todo, preguntándome por qué, no sólo de lo que pasó con los nazis, sino el por qué de este mundo en general.
Cuando en mi alrededor me dicen que me tomo las cosas muy a la tremenda, yo sé que lo dicen por mi bien, por mi salud mental, o para que sea una chica más tranquila, o qué sé yo. O para no hacerles entrar en la realidad pura y dura y cavilar sobre lo mal que huele todo a nuestro alrededor. Pero es que si así lo hiciera, si pasara de todo, digo, no entendería la razón de mi existencia. Pienso que hay cosas que hay que tomárselas muy a la tremenda, pero mucho, para acabar con esta plaga de mierda que es la especie humana: egoísta, ignorante, depredadora hasta con los de su propia especie. Por unos litros de crudo, por prestigio de una empresa, por unos milloncejos haciendo favores a constructoras, sin pensar en las listas de espera en las que muere gente, en la vergüenza del sistema educativo, en el hambre que hemos creado nosotros, Primer Mundo, y encima les cerramos las puertas cuando en realidad están escapando de la mierda pestilente y capitalista a la que les hemos sometido.
Lo del III Reich cayó rápido, por su propio peso: un sistema insostenible. Igual que cae el capitalismo exagerado, el imperalismo -no deslocalización empresarial, no: el imperialismo de cuando se repartieron África a boli, es que manda cojones- que volvió trayendo de nuevo la esclavitud en la era de los derechos humanos que todo cristo se pasa por el forro de los huevos.
En estos momentos, en caliente, pienso en desterrarme hacia algún lugar inhóspito donde no tenga ni pizca de contacto con nada que tenga que ver con la realidad tal y como me han obligado a concebirla.
Y aquí estamos. Humanos con insatisfacción crónica, capaces de pillar una depresión porque no nos gusta el corte de pelo, vaya timo, vaya IV Reich del buen rollito y pasar de todo, de consume y calla, gilipollas. Un IV Reich donde en vez de ser terceros los que nos castigan y hieren, somos nosotros mismos nuestro peor enemigo.
El colmo de la estupidez humana.

La injusticia se manifiesta con toda su magnificencia.

Estas son las estadísticas de las actas de la convocatoria de septiembre del examen de Historia del Periodismo Español, del que salí indignada. Éste es el resultado de cambiar el modelo de examen sin avisar:

53 alumnos convocados de los cuales:

40 no presentados
13 presentados, de los cuales

9 aprobados
4 suspensos

Eso supone que en esta convocatoria ha habido:

75,5 % no presentados
24,5% presentados, de los cuales

69,2% aprobados
30,7% suspensos

Os garantizo que en el aula no había sólo 13 personas. Lo peor de todo es que no se puede pedir nada, ya que este ‘favor’ que nos hacen de poder salirnos del examen sin que nos corra convocatoria se ha vuelto en nuestra contra. ¿Cómo demostramos que estábamos allá? Quizás si nos hubiéramos quedado, y ese 75% de alumnos hubiera sacado un cero, el decanato podría haber tomado cartas en el asunto. Ya que, en ese caso, el número de suspensos sería del 83%.

Santa Facultad

Vengo calentita.
Nunca me han gustado los aeropuertos. Me parecen espacios dedicados a la cultura del consumo fruto del aburrimiento de los pasajeros entre vuelos. Como me dan rabia, me siento en cualquier banco a dormir o a leer. Como mucho mucho, me paro en la Chocolat Factory del Prat, a cuyos productos tengo adoración.
Pero esta vez he lamentado no tener una libretilla para ir apuntando los pensamientos que me iban sobreviniendo entre vuelo y vuelo, entre espera y espera. Sobre todo en relación a esas personas que nos observan desde las alturas del academicismo. Esos chupópteros de las arcas nacionales, que te hablan con desaire, cuyo ego más se infla cuanto menos hacen. Que se fían más de las teorías de tal y cual autor, de hace casi un siglo, que de la realidad. Que han tenido miedo de comenzar su actividad profesional y no se les ha ocurrido mejor idea que quedarse entre los brazos de la facultad y no salir jamás del huevo universitario, bajo el pretexto de la explotación de los trabajadores en esta bonita profesión de periodista.
En realidad, la posición que estoy adoptando no es original. Los que trabajan en los medios critican hasta la saciedad a la mayoría de los profesores de esta carrera, calificándolos de ridículos, demagogos y vagos; y los profesores hacen lo propio con sus colegas doctores en.

Las posiciones de poder me tocan bastante las narices. Ya nos lo dijo un profesor de la facultad, quien curiosamenten es objeto de críticas en los corrillos de los departamentos. No es posible estudiar los procesos sociales desde las alturas, desvinculado de las actividades, desde la nube académica que lo pinta de color de rosa, y hace que la mayoría de los alumnos se pegue la ostia padre al aterrizar en la dura realidad.
“No te subo el medio punto que te falta para aprobar la última asignatura de la carrera porque no me has hecho las prácticas de clase”. Claro, no podía porque estaba haciendo las prácticas en la radio, porque quería ser periodista, y para eso, trabajo en los medios, y no en tu putas prácticas de clase.
“Deberías agradecerme que te haga la revisión por teléfono, cuando tus compañeros están pasando calor para venir aquí”. Y el billete de avión para cruzar el país, por medio punto, supongo que también tendrán que pagarlo mis compañeros…
“Tu jefe qué te pide, ¿que seas una profesional, o que tengas nociones de periodismo”. Buuuu… eso fue lo que me hizo desistir, porque toda mi mala leche se iba a concentrar en echarle un mal de ojo telefónico a esa estúpida y sin educación doctora en.

Pero lo mejor de todo es que, al acudir a la extraordinaria de septiembre, cambiaron el modelo de examen por sus narices y fastidiaron a la mitad del alumnado. Ya os pasaré la relación de no presentados de esta convocatoria -no es que no hayan ido, es que al ver la semejante falta de respeto por el tiempo y dinero del alumno hicieron como yo: se levantaron y se fueron-.
Por sus narices. Y punto. Qué admiración, qué espíritu didáctico. Sentí una tremenda satisfacción mientras me levantaba, guardaba mis cosas y salía del aula. Volveré a gastarme el dinero y mi precioso tiempo en hacer el examen en diciembre. Por vuestras narices. Supongo que como no chupo de las arcas nacionales, me toca mucho más las narices que a vosotras gastarme el dinero para soportar estas chiquilladas.

A ver si aprendéis, comodonas, a saber lo que es trabajar por conseguir algo. Que no tenéis ni puñetera idea. Y ojo, que como siempre digo que existen profes a los que les tengo una profunda admiración. Que saben lo que es currar. Que saben enseñar. De eso se trata.

¡Fuera!

Desafortunadamente, siempre he tenido un grado más bien bajo de tolerancia hacia esas personas cutres, salchicheras y tocapelotas que se jactan de ser todo lo contrario.
Soy muy sincera cuando digo que me encantaría tener una especie de repelente que las alejara de mi lado, o un spray preventivo que desactivara la capacidad auditiva en cuanto comenzaran a articular la primera palabra dirigida hacia mí.
Hablo de ese tipo de personas extremadamente narcisistas que no tienen ningún problema en valorar al resto de la humanidad en función de su capacidad económica. Un deshecho rancio de la sociedad decimonónica que todavía perdura en algunos sectores de nuestro siglo; y que, lamentablemente configuran su estúpido y falso ego mediante la burda imitación de los estereotipos clasistas y de consumo masivo.
Esos príncipes destronados que se vanaglorian de todo lo que poseen y lo utilizan como argumento de desprecio hacia todos los que no sean de su calaña. Un rasgo que los caracteriza es que no han movido un sólo dedo para conseguir absolutamente nada de lo que tienen.
Y que no están acostumbrados, ni mucho menos, a tener un ápice de respeto por los demás.

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