La nueva hornada de adicciones

Adicción a trabajarHace relativamente poco asistí a una rueda de prensa en la que el conseller de Salut, Vicenç Thomàs, anunciaba más dinero para tratar las adicciones. Existen miles de adicciones, físicas y psicológicas, algunas muy destructivas, como el juego, el alcohol, las drogas, blandas y duras; el ordenador. Pero existe una nueva adicción propia de la sociedad de consumo, igualmente destructiva, pero, por desgracia, hasta ahora vista como positiva, que es la adicción al trabajo. Y, por lo tanto, no hay dinero que valga para tratarla.

Existe poca literatura en torno a la adicción a trabajar. Algo tan accesorio, tan efímero, tan frívolo, pero mediante él, muchas personas identifican sus fundamentos emocionales y dedican todo su empeño a ser productivos y competentes. Y eso se percibe como positivo, qué trabajador es, dicen; tiene dos trabajos, qué bien, comentan. Nada más lejos de la realidad. Refugiarse del vacío de una vida detrás de un contrato o un perfil competente puede ser tan destructivo como quien lo hace a la cocaína, pues el estrés y la ansiedad atacan a importantes órganos vitales del mismo modo que las sustancias nocivas.

El fin de cualquier terapia de deshabituación se fundamenta en retirar el objeto sobre el que el individuo tiene obsesión: eliminar el consumo de drogas, no utilizar el ordenador ni las tragaperras, dejar de fumar. Pero, ¿cómo hace uno para deshabituarse del trabajo? El objetivo se presenta casi imposible, pues es fundamental para moverse por el mundo. Porque el último fin del trabajo es ganar dinero para continuar con el proyecto de vida. ¿Y cuando ese proyecto empieza y acaba en la oficina? Realmente, estos adictos no tienen vida fuera de ella. Sienten el tiempo libre como una dolorosa pérdida de tiempo, y se identifican con un gran saco vacío lleno de pretensiones laborales y productivas que, a la postre, pesan tanto como el aire.

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Información, control e insensatez

Son muchos los que no entienden nuestro trabajo, y otros tantos que envenenan la imagen de la bonita profesión periodística. Quizás, por ello, los demás creen tener suficiente criterio como para manifestar a la ligera y a micrófono abierto cómo debemos hacer nuestro trabajo, sin ningún tipo de pudor y menos conocimiento.

A nadie le gusta que le digan cómo ha de trabajar, y mucho menos un profesional o particular que nada tiene que ver con la profesión. Como si yo le dijera a un médico cómo ha de auscultar a un paciente, lo que le debe recetar, de qué modo ha de diagnosticar. La comunicación es cosa de todos, es inherente al ser humano. Pero no así la profesión de elevar a público un hecho que constituye una noticia.

No quiero ser pedante, pero la libertad de información es un derecho fundamental, uno de los pilares del sistema democrático y constitucional, que debe ser protegido del mismo modo que los tres llamados de la Personalidad: intimidad, honor y propia imagen. No sé qué ocurre en la Isla, pero parece ser que cada vez tenemos más problemas para acceder a la materia prima de nuestro trabajo. Y no le corresponde a nadie que no sea el periodista determinar cuál es la información relevante y cuál no lo es. Tenemos suficiente formación, criterio, experiencia y cinco años de estudio a nuestras espaldas como para saberlo.

Las informaciones de sucesos son, quizás, las más peliagudas, y hay que tratarlas con mucho cuidado y respeto. No se puede jugar con las desgracias, y no es nuestra intención hacerlo. Además de la ética profesional de cada uno, la ley nos lo impide. Pero es el deber de las instituciones públicas facilitar el acceso a la información, para así garantizar el derecho de todos los ciudadanos a recibir una información veraz y de relevancia pública. Un deber de común olvido.

La empresa que lleva la comunicación del IB-Salut en Menorca comunicó ayer que no va a facilitar los detalles del estado de salud de los pacientes (víctimas de accidentes, de abusos, lesiones, robos, agresiones) sin pedir el consentimiento previo al interesado, en virtud de la Ley de Protección de Datos Personales. No obstante, sí podrán facilitar las iniciales, la procedencia, y la edad.

Una vez más, personas que no tienen ni arte ni parte en la elaboración de las noticias ponen freno a la redacción de una información de interés público. Cuando ocurre un suceso de estas características, poco importan las iniciales, o la procedencia. Sin embargo, es fundamental conocer la magnitud del hecho, algo que se puede saber -y por lo tanto informar- sabiendo las lesiones que ha padecido la víctima. Al parecer, algunos usuarios de los hospitales se han reconocido a través de sus iniciales y han exigido a la sanidad no facilitar estos datos. Datos que son, precisamente, los que no nos interesan, pero sí nos pueden facilitar. Incongruente.

Cuando damos a conocer las iniciales y el estado de salud de una víctima no lo hacemos para alimentar ningún tipo de morbo y, mucho menos, no violamos ni la intimidad, ni la propia imagen, ni el honor de nadie. Poner trabas absurdas y fuera del sentido común a nuestro trabajo sólo consigue provocar la indignación de los informadores y la redacción de noticias incompletas e insulsas.

Y que no utilicen el pretexto de la Ley de Protección de Datos Personales, porque la ley se ha de cumplir siempre, y no cuando ciertas personas deciden hacerlo, a su gusto. Si hubieran cumplido la ley, no hubiéramos tenido acceso nunca a este tipo de información.

Me consta que esta restricción en cuanto al acceso a la información sólo ocurre en esta Isla. En el resto del archipiélago, los periodistas pueden trabajar con total tranquilidad, y sin la angustiante incertidumbre de no saber si finalmente van a poder hacer su trabajo.

En fin, yo propongo la reflexión. Un saludo.

El otoño y las emociones templadas

Cap de Barbària, FormenteraLos equinoccios de otoño y primavera tienen la mágica particularidad de motivar la reflexión y la aparición de la botella verde sobre el alféizar de la ventana. Es muy recomendable, en ambas fechas, realizar algún viaje, para motivar la reaparición de la musa, pues es muy difícil reconocerla envuelta en el calor o frío lineales del verano o invierno.

Es un momento de convulsión, de reflexión, de vuelta a empezar. Siempre se habla de verano e invierno, pero casi nunca de otoño y primavera. Sin querer, nos adaptamos a los cambios de temperatura, aceleramos los ritmos, y las emociones se revuelven, gritan y piden cambios. Como el tiempo, en nuestro corazón unos días brilla el sol, otros llueve, muchos tantos sopla la Tramuntana y, a veces, incluso se va la luz. Una conexión ineludible. Una oportunidad para comprender el estrecho vínculo entre el motor de nuestros días y el entorno.

Es un momento ideal para irse. Ella se fue de viaje, al camino de Compostela, anduvo dos semanas enteras y tuvo mucho tiempo para reflexionar en soledad. Yo también seguí cierto peregrinaje, pero bajo el criterio de las cosas inacabadas. Cerrar el círculo, asentar las experiencias y volver a empezar.

La Tierra, cíclica como la mujer, ofrece la oportunidad del renacer, cada seis meses. El año no debería empezar el 31 de diciembre, sino el 22 de septiembre. “Para mí, es cuando verdaderamente comienza”, me dijo, tras volver de la mágica ciudad medieval. Y es verdad. El último día del año no tiene gracia, está todo asentado, es rectilíneo.

A mí me gusta más la muerte del verano y del invierno. Es cuando verdaderamente vuelve a aparecer la botella verde en el alféizar de la ventana y cuando la musa se quita la máscara. Es el momento de la tormenta, que da paso a la calma.

El niño con el pijama Disney

Voy a escribir una versión actualizada del El niño con el pijama a rayas. Se llamará El niño con el pijama Disney. La trama será más o menos la misma, pero con algunas diferencias sustanciales, adaptadas a nuestro tiempo:
Los que mandarán en el mundo del niño con el pijama de Disney no serán los estados, sino las empresas. El niño será un sobrino de Michael Eisner; hijo del hermano chico del tiburón que se come a los niños. En lugar de cambiar de lugar de residencia, contratarán un viaje de algún TTOO roñoso y barato, lo que permitirá a la familia pasar 15 días en régimen todo incluido en un funcional y familiar hotel de Haití. El niño se aburrirá mucho en Haití, porque el TTOO les ha engañado, es temporada baja y ya no hay niños: sólo su hermana mayor, que es tonta de remate, todo el día obnubilada con las barbies malibú y ligando con el animador del hotel.
A consecuencia del aburrimiento extremo, el niño se hará amigo del jardinero (y técnico y piscinero y pintor y manitas en general y un largo etc). Le contará que, antes, era profesor de literatura. Como creerá que le está mintiendo, un día le seguirá y dará con una fábrica clandestina de pijamas Disney plagada de niños con los que puede jugar. Entonces conocerá a Shanti, un niño que en lugar de dormir las 4 horas que le permite el guarda de la empresa se dedicará a soñar despierto, porque si se duerme tiene pesadillas con un miquimaus asesino. Y entablará una amistad con él. En un juego decidirán intercambiarse la vida, Shanti se pondrá el pijama Disney y se irá al hotel; y el niño del pijama se quedará en la fábrica, para jugar con los niños-esclavos. Los padres, tras una juerga en la que abundó el garrafón, no se darán cuenta de que ése no es su hijo, a consecuencia de la resaca brutal. Lo harán al día siguiente, y como no lo encuentran, comenzará un circo mediático y saldrán en todos los informativos nacionales durante meses. Buscarán a ‘Andrelaine’, mote que le ponen los media.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Pero la historia continúa…

Como el libro será un éxito, contrataré a Michael Moore, que me ayudará mucho para hacer la peli-documental, que se estrenará en V.O. subtitulada en varios idiomas y se proyectará en los cineclub de cualquier parte del mundo. Será como una especie de Scary Movie reivindicativa y creará un movimiento anti marcas y anti fábricas clandestinas.

Pero como si no puedes contra ellos únete a ellos, sucumbiremos a la lógica de mercado del nuevo orden mundial, un capitalismo refundado por las mismas empresas cuyo paradigma quedará recogido en el Libro Verde de las Buenas Prácticas Neocapitalistas. Time Warner nos lanzará una oferta para sacar la segunda parte, en una superproducción que te rilas. Nos mostrará un plan de beneficio bruto de explotación antes de impuestos, ya que el centro financiero estará en Suiza o en Andorra. Nos pondrá los ojos como tomates de Almería. Hablaremos con nuestra productora independiente para rescindir el contrato. Nos llamará tránsfugas chaqueteros capitalistas opresores, a la vez que promete hacernos una campaña de desprestigio.

Como no, Disney nos lanzará la contraoferta y nos asegurará que si aceptamos, nuestras entrevistas y cómo se hizos sadrán en la Fox en lugar de en La2 y el actor principal será el niño de El Sexto Sentido digitalizado, en una campaña de lavado de imagen tras pillarlo conduciendo borracho y fumado. Además, asegurarán que nuestros estudios saldrán en el Google Earth, como los Premios Príncipe de Asturias. Como uno de los artífices será asturiano, el golpe bajo nos acabará de convencer y comenzaremos a trabajar con Pixar en la segunda parte de la peli, esta vez sin libro, en la que Shanti, hijo adoptivo de Robert Iger y director general de Disney Viajes, salva al niño con pijama Disney, que ya le queda pequeño porque tiene 40 años, en una sutilísima metáfora de la insostenibilidad del sistema económico anterior, al que relaciona con Eisner.

Y aquí no ha pasado nada

Todos tenemos un punto de locura

A veces pienso que soy una psiquiatra frustrada. Una niña temerosa de esos 10 años de estudio que se me plantaban por delante, ante los 3 de otras diplomaturas, por ejemplo. Me encanta descubrir biografías de personajes enigmáticos e interesantes, a poder ser de locos e iluminados; o de otras personas extremadamente bondadosas que rechazaron su falso ego y apegos por aportar su granito de arena. Pero más allá de estos ilustres iconos de lo bueno y lo malo, me gusta analizar la conducta de la gente que me rodea e intentar trazar una conexión entre las experiencias aprehendidas y su comportamiento, que se manifiesta ante mí con toda generosidad. Es como tener delante el testimonio de millones de pensamientos, percepciones, interpretaciones y sueños, integrados en un alguien que interactúa conmigo.
Pero lo que más me gusta hacer es imaginarlos años ha. Con la mochila del cole y montados en una bici, intentando alcanzar a un Seiscientos. En un aula gris con la fotografía de Franco encima de la pizarra, repitiendo las capitales del mundo al son de los reglazos del cura. En su primera fiesta de cumpleaños. Bajando la cabeza en una regañina paterna. Su primer beso. Huyendo de una paliza. Envidiando a una amiga. Intento escudriñar en qué momento comenzaron a comportarse de un modo u otro. Qué los hizo buenos o malos; egoístas o generosos, educados o soplapollas. Quién intervino. Dónde estaban. En qué contexto. Si fue algo de un día para otro o se fue gestando poco a poco a través de la repetición de sucesos, que dieron lugar a un comportamiento, que con el tiempo se hizo inconsciente.

Si aprendió por los palos o fue como encontrarse un billete de 100 euros en plena calle, brillando para lo vieran. Y si ha podido intervenir la genética. Pero eso lo dejo para cuando se me agota la imaginación. ‘Será genético’, pienso. Aunque sonrío y me guiño un ojo, animándome a seguir investigando cuando la musa vuelva a visitarme.

Una amiga me dijo que uno de los psiquiatras que analizó al Monstruo de Amsteten -al loro con la influencia de los medios- sostuvo que hay personas que son malas por naturaleza. Yo no me lo creo. Algo les pasó en su vida para convertirse en seres despreciables y caníbales. Otra cosa es querer hacernos cargo.

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