Todos tenemos un punto de locura

A veces pienso que soy una psiquiatra frustrada. Una niña temerosa de esos 10 años de estudio que se me plantaban por delante, ante los 3 de otras diplomaturas, por ejemplo. Me encanta descubrir biografías de personajes enigmáticos e interesantes, a poder ser de locos e iluminados; o de otras personas extremadamente bondadosas que rechazaron su falso ego y apegos por aportar su granito de arena. Pero más allá de estos ilustres iconos de lo bueno y lo malo, me gusta analizar la conducta de la gente que me rodea e intentar trazar una conexión entre las experiencias aprehendidas y su comportamiento, que se manifiesta ante mí con toda generosidad. Es como tener delante el testimonio de millones de pensamientos, percepciones, interpretaciones y sueños, integrados en un alguien que interactúa conmigo.
Pero lo que más me gusta hacer es imaginarlos años ha. Con la mochila del cole y montados en una bici, intentando alcanzar a un Seiscientos. En un aula gris con la fotografía de Franco encima de la pizarra, repitiendo las capitales del mundo al son de los reglazos del cura. En su primera fiesta de cumpleaños. Bajando la cabeza en una regañina paterna. Su primer beso. Huyendo de una paliza. Envidiando a una amiga. Intento escudriñar en qué momento comenzaron a comportarse de un modo u otro. Qué los hizo buenos o malos; egoístas o generosos, educados o soplapollas. Quién intervino. Dónde estaban. En qué contexto. Si fue algo de un día para otro o se fue gestando poco a poco a través de la repetición de sucesos, que dieron lugar a un comportamiento, que con el tiempo se hizo inconsciente.

Si aprendió por los palos o fue como encontrarse un billete de 100 euros en plena calle, brillando para lo vieran. Y si ha podido intervenir la genética. Pero eso lo dejo para cuando se me agota la imaginación. ‘Será genético’, pienso. Aunque sonrío y me guiño un ojo, animándome a seguir investigando cuando la musa vuelva a visitarme.

Una amiga me dijo que uno de los psiquiatras que analizó al Monstruo de Amsteten -al loro con la influencia de los medios- sostuvo que hay personas que son malas por naturaleza. Yo no me lo creo. Algo les pasó en su vida para convertirse en seres despreciables y caníbales. Otra cosa es querer hacernos cargo.
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