Desahogo antes de acostarme

Acabo de leer el libro del El niño con el pijama de rayas y no puedo sentir otra cosa que una tristeza profunda y una enérgica indignación y vergüenza de habitar en el mundo en el que habito. Me duelen las mandíbulas de apretar los dientes, mientras apuraba las últimas páginas del libro, del cual me he leído las tres cuartas partes en un par de horas.
No puedo hacer otra cosa que llorar. Llorar indignada por todo, preguntándome por qué, no sólo de lo que pasó con los nazis, sino el por qué de este mundo en general.
Cuando en mi alrededor me dicen que me tomo las cosas muy a la tremenda, yo sé que lo dicen por mi bien, por mi salud mental, o para que sea una chica más tranquila, o qué sé yo. O para no hacerles entrar en la realidad pura y dura y cavilar sobre lo mal que huele todo a nuestro alrededor. Pero es que si así lo hiciera, si pasara de todo, digo, no entendería la razón de mi existencia. Pienso que hay cosas que hay que tomárselas muy a la tremenda, pero mucho, para acabar con esta plaga de mierda que es la especie humana: egoísta, ignorante, depredadora hasta con los de su propia especie. Por unos litros de crudo, por prestigio de una empresa, por unos milloncejos haciendo favores a constructoras, sin pensar en las listas de espera en las que muere gente, en la vergüenza del sistema educativo, en el hambre que hemos creado nosotros, Primer Mundo, y encima les cerramos las puertas cuando en realidad están escapando de la mierda pestilente y capitalista a la que les hemos sometido.
Lo del III Reich cayó rápido, por su propio peso: un sistema insostenible. Igual que cae el capitalismo exagerado, el imperalismo -no deslocalización empresarial, no: el imperialismo de cuando se repartieron África a boli, es que manda cojones- que volvió trayendo de nuevo la esclavitud en la era de los derechos humanos que todo cristo se pasa por el forro de los huevos.
En estos momentos, en caliente, pienso en desterrarme hacia algún lugar inhóspito donde no tenga ni pizca de contacto con nada que tenga que ver con la realidad tal y como me han obligado a concebirla.
Y aquí estamos. Humanos con insatisfacción crónica, capaces de pillar una depresión porque no nos gusta el corte de pelo, vaya timo, vaya IV Reich del buen rollito y pasar de todo, de consume y calla, gilipollas. Un IV Reich donde en vez de ser terceros los que nos castigan y hieren, somos nosotros mismos nuestro peor enemigo.
El colmo de la estupidez humana.

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2 comentarios

  1. Manu said,

    octubre 20, 2008 a 10:56 am

    Bueno, bueno… Somos capaces de lo peor y de lo mejor. La cuestión es soñar siempre que lo mejor se acabará imponiendo, y luchar porque lo peor desaparezca. No es fácil, pero es el reto de toda una generación.

  2. Juan Jose said,

    octubre 31, 2008 a 3:07 am

    Ya te acabo de saludar con el animo de la primera entrada. De alla hasta aca hay distancia. Creo eres una antena con la sensibilidad de lo especial. Vengo de visitar la seccion de Ecologia de RFI MUNDO y el panorama es como lo pintas (http://www.rfi.fr/actues/listes/001/liste_mots_cles_233.asp)


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