Primera noche

Despertó por la luz que desde temprano entraba por las rejillas de la persiana, que había dejado entreabierta para respirar el aroma de la isla. Recién llegada, todavía descansaba encima del escritorio la otra mitad de la pastilla que tomó ayer para dormir. Porque no, ayer no podía. No. Le faltaba, si no el brazo, la vibración inconfundible de su presencia, a su lado. Que ya no iba a percibir hasta dentro, mínimo, de un mes. La media pastillita de los sueños fue el mejor sustitutivo para entrar en el mundo de Morfeo, quizás imaginando dedos que acarician su pelo; o tratando de emular el ritmo de su respiración, cada vez más profunda.
La claridad, que entraba desde temprano, fue un aterrizaje de emergencia. Había estado volando por ahí. Hablando por teléfono, en una casa semi derruida, propiedad de su amiga, en una triste y gris ciudad condal. Las puertas de madera manida olían a humedad, y los pasos del primer piso parecían romper las astillas de la pobre leña mojada. Cogió el móvil, que sonaba estrepitoso.
Y la claridad ganó la batalla.

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