Merecido silencio

Ahora, a primera hora de la mañana, del sábado, el ánimo de Sevilla está resacoso después de la bienvenida findesemanera de ayer.
Ya no se oyen las carcajadas sonoras y esos chillidos agudos que las preceden en el Bar Currito, justo en frente de la ventana que da a mi habitación. Ni testimonios de mil cristales que estallan en pedazos por la torpeza etílica; y tampoco desfilan burbujas de estruendo que nacen, crecen, se reproducen, y mueren en la oscuridad, haciendo tiritar a la ventana de mi cuarto con cierto ritmo hiphopero.
La llanura hispalense se despierta hastiada, cansada de lunes, martes, miércoles, jueves y San Viernes. Amanece tan serena, indefensa y tierna que parece estar pidiendo una caricia y un ibuprofeno. La ventana, a través de la que ayer entraban bocanadas de aire febril, ahora regala una merecida caricia semihelada.
Sólo escucho el murmullo de algunos pájaros y de cierto coche ocasional.
Todos se fueron a Huelva. Y no es para menos, en esta ciudad hemos pasado de los 13 a los 37 grados sin aviso ni disculpa.
Cierro los ojos y pongo Café del Mar. Estoy en un oasis isleño.

Foto: Ses 4 Bòvedes
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